1 Corintios 3:1-2 Así que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. 2 Os di a beber leche, no alimento sólido, porque todavía no podíais recibirlo . En verdad, ni aun ahora podéis,…
INTRODUCCIÓN
La Palabra de nuestro Dios dice así:
11 Acerca de esto tenemos mucho que decir, y difícil de explicar, por cuanto os habéis hecho tardos para oír.
12 Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis
necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido.
13 Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño;
14 pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el
discernimiento del bien y del mal. (Hebr.5:11-14)
¿Estás hambriento de Dios? ¡Seguro que sí! Si no tuvieras apetito espiritual no estarías aquí esta noche. Pero ¿qué tipo de hambre tienes? Algunas personas están satisfechas con la comida de bebé. Quieren todo hecho puré para ellos, es decir, quieren la verdad llana y simple, clara, blanco y negro sin
áreas grises, nada que masticar. Esta clase de fe es fácil y sin esfuerzo.
Sin embargo, San Pablo dice, en el verso 3, que este nivel de fe significa que aún «somos de la carne». Se necesita trabajo para entender la verdad en un nivel más profundo, con todos sus matices y requiere el mismo trabajo duro para superar los deseos pecaminosos de nuestra naturaleza carnal. Celos, rencillas, divisiones, avaricia, ira, impaciencia, insultos, quejas, adicciones, egoísmo y todos los vicios a los que sucumbimos indican que no hemos puesto suficiente esfuerzo en profundizar nuestra comprensión de la verdad.
Se necesita madurez espiritual para apreciar – y responder – a los deseos de nuestra naturaleza santa que nos fue dada por el Espíritu Santo. Pablo les dijo a los «bebes» cristianos de Corinto que eran «el campo» (para ser cosechados) y
«la construcción» (todavía
en construcción) de Dios. Este es nuestro punto de
partida. Dios nos ha plantado en su campo. Él ha puesto su cimiento en nuestras vidas.
Pero entonces ¿qué? ¿Queremos permanecer en esta etapa de bebé?
Cuando aceptamos el trabajo duro de crecer en santidad, nos convertimos en colaboradores de Dios. Como socios en su misión, somos sus manos terrenales
que plantan semillas y que construyen a otros sobre su cimiento.
En las etapas más avanzadas de comprensión espiritual, aceptamos el sufrimiento y el sacrificio como parte de la mescla (gravilla cemento y arena) que sostiene al edificio. Vemos más allá de lo obvio y
aceptamos la guía de Dios incluso cuando no tiene sentido. Aceptamos
el Ministerio de Cristo (un atisbo de él vemos en el Evangelio de hoy)
como propio, incluso con todas sus dificultades.
Como proclamamos en el Salmo responsorial de hoy: «Bienaventurada la nación cuyo Dios es el SEÑOR, el pueblo que El ha escogido como herencia para sí..» Salmo 33:12 Sin embargo, no podemos entrar en esta bendición si actuamos
como bebés; los bebés lloran: «Dame, aliméntame, abrázame».
Los bebés son ignorantes, pero la ignorancia (al contrario del viejo cliché), no es felicidad. La ignorancia nos lleva al peligro, razón por la cual los niños pequeños no deben salir a la calle solos. La ignorancia también tapa muchos desafíos interesantes y, así, perdemos oportunidades maravillosas para hacer una buena diferencia en el mundo.
En los estadios más avanzados de comprensión espiritual, vamos con Jesús donde quiera que vaya. El trabajo de compartir la misión de Cristo no se logra en cunas. Las cunas tienen barrotes que nos frenan. El Ministerio – marcando la diferencia en las vidas de otros – tiene lugar fuera de la
seguridad de la zona de comodidad.
Conclusión:
¿Cuántos años tienes como cristiano?
¿Te consideras una persona madura en la fe?
¿Tus actitudes así lo demuestran


